ORALIDAD Y ESCRITURA Profa. Eliana Lucián
La escritura consigna a la palabra en el espacio, extiende la potencialidad del lenguaje casi ilimitadamente, da una nueva estructura al pensamiento. La escritura hace que las “palabras” parezcan semejantes a las cosas porque concebimos las palabras como marcas visibles: podemos ver y tocar “palabras” inscritas en textos y libros.
Las palabras escritas constituyen remanentes. La tradición oral no posee este carácter de permanencia. Si una historia oral no se narra, lo único que existe de ella es el potencial interno que ciertos sujetos poseen de contarla, pero no una marca material de su existencia.
Aunque las palabras están fundadas en el habla oral, la escritura las encierra tiránicamente para siempre en un campo visual. Es decir, una persona que ha aprendido a leer no puede recuperar plenamente el sentido de lo que la palabra significa para la gente que sólo se comunica de manera oral. En las culturas orales la lengua es un modo de acción, algo dinámico, un suceso, y no sólo una contraseña del pensamiento. Consideran, por ejemplo, que los nombres confieren poder a las cosas.
En la oralidad es esencial la presencia de un interlocutor: es difícil hablar con uno mismo durante largas horas sin interrupción. En una cultura oral, el pensamiento sostenido está vinculado con la comunicación.
La oralidad debe y está destinada a producir la escritura. Casi no queda cultura oral o predominantemente oral en el mundo de hoy, que de algún modo no tenga conciencia del vasto conjunto de poderes a los que podría acceder mediante la escritura. Por otro lado, introducirse en el mundo de la escritura significa dejar atrás mucho de lo que es sugerente y profundamente amado en el mundo oral anterior.
En una cultura oral, una vez adquirido el conocimiento, debe repetirse constantemente o se pierde: los patrones de pensamiento formularios y fijos son esenciales para la sabiduría y una administración eficaz. Las culturas orales aprenden por medio del entrenamiento, por discipulado, escuchando, por repetición de lo que oyen, y no mediante el estudio tal como lo conocemos hoy en día. La escritura libera a la mente para el pensamiento más abstracto y original.
La escritura establece el lenguaje libre de contextos inmediatos, establece el discurso autónomo, pues el mismo se separa de su autor. Por ende, no hay manera de refutar un texto escrito de manera directa. Esta es una de las causas que lleva a considerar popularmente, que lo que “el libro dice” es sinónimo de verdad.
Platón, (¿427-347 a.C.) expresa severas reservas acerca de la escritura, opina que es una manera inhumana y mecánica de procesar el conocimiento, insensible a las dudas y destructora de la memoria. Sin embargo, el pensamiento filosófico que proclamaba Platón dependía de la escritura.
En esencia, las mismas objeciones comúnmente impugnadas hoy en día contra la tecnología informática -relacionada con la comunicación- fueron dirigidas por Platón siglos atrás contra la escritura:
1- según este autor, la escritura es inhumana al pretender establecer fuera del pensamiento lo que en realidad sólo puede existir dentro de él. Es un objeto, un producto manufacturado, no forma parte de la naturaleza de las cosas;
2- la escritura destruye la memoria. Los que la utilicen, según Platón, se harán olvidadizos al depender de un recurso exterior por lo que les falta en recursos internos. Por ende, la escritura debilita el pensamiento;
3- un texto escrito no produce respuestas;
4- la palabra escrita no puede defenderse como sí puede hacerlo la palabra oral: el habla y el pensamiento reales siempre existen esencialmente en un contexto de ida y vuelta entre personas. La escritura es pasiva, se ubica en un mundo irreal y artificial.
Con la aparición del sistema de impresión con letras móviles (imprenta), perfeccionado por Gutenberg y otros en el S. XV, y el impacto que produjo con respecto a la impresión masiva de libros, antes considerados artefactos de poder únicos, también se dividieron las posturas. Algunos opinaban que la abundancia de libros hacía menos estudiosos a los hombres, y otros, que era un buen nivelador que democratizaba el conocimiento, haciéndolo más accesible a todos. Por ende, contribuía con la sabiduría, pues la gente podía acceder al conocimiento más fácil y económicamente.
La escritura, la imprenta y la computadora son, todas ellas, formas de tecnologizar a la palabra. Pero de las tres tecnologías, la escritura es la más radical, pues inició lo que la imprenta y las computadoras sólo continúan: la reducción del sonido dinámico al espacio inmóvil, la separación de la palabra con respecto al presente vivo.
Las tecnologías no son sólo recursos externos al pensamiento, también pasan a formar parte del interior de la conciencia. La inteligencia es reflexiva, de manera que incluso los instrumentos externos llegan a interiorizarse, o sea, a formar parte de su propio proceso de pensamiento, produciendo transformaciones profundas a nivel cognitivo y en relación a la representación del mundo por parte del sujeto.
Los lenguajes informáticos se asemejan a lenguas humanas (inglés, francés, etc.) en ciertos aspectos, pero se diferencian cabalmente en que las lenguas humanas se originan en el subconsciente, y las computarizadas, se crean directamente en la conciencia. Las reglas del lenguaje de computadora ( su “gramática”) se formulan primero y se utilizan después. Las reglas gramaticales de los lenguajes humanos naturales sólo pueden ser formuladas a partir del uso.
Podría definirse la escritura como el sistema codificado de signos visibles por medio del cual un escritor puede determinar las palabras exactas que el lector generará a partir del texto. Traslada el habla del mundo oral y auditivo a un nuevo mundo sensorio, el de la vista, transforma el habla y también el pensamiento.
La primera grafía, o verdadera escritura, que conocemos apareció por primera vez entre los sumerios en Mesopotamia apenas alrededor del año 3.400 a.C. Una grafía es algo más que un simple recursos para ayudar a la memoria. Las muescas en las varas y otras ayudas para la memoria conducen hacia la escritura, pero no reestructuran el mundo vital humano como lo hace la verdadera escritura.
Al principio la escritura era considerada un instrumento de poder secreto y mágico. Sus signos eran herméticos. Posteriormente, los griegos crearon el primer alfabeto completo con vocales, el cual cumplió una función democratizadora, pues resultó fácil de aprender por todos.
Al poco tiempo de que surge la escritura, aparece el oficio de escribir. Los primeros instrumentos de escritura eran difíciles de manejar y sólo podían hacerlo los que poseían el arte de la escritura. El papel surgió en China en el siglo II a C. pero recién fue extendido por los árabes hasta Oriente Medio en el siglo VIII. En Europa se fabricó por primera vez en el siglo XII.
Uno de los grandes cambios en el pensamiento y en la forma de visualizar la realidad que produjo la escritura se relaciona con la noción de tiempo. Antes de la escritura y de la imprenta, la gente no se consideraba viviendo situada, en todo momento, dentro de un tiempo computado abstracto. Parece poco probable que la mayoría de las personas en Europa occidental del Medioevo o incluso del Renacimiento supiera habitualmente en qué año vivía. La mayoría no conocía su fecha de nacimiento.
Finalmente, en la actualidad pueden distinguirse dos estadios o niveles en la oralidad:
- oralidad primaria: la oralidad de una cultura que carece de todo conocimiento de la escritura y de la impresión;
- oralidad secundaria: la de la actual cultura de alta tecnología, en la cual se mantiene una nueva oralidad mediante el teléfono, la radio, la televisión y otros aparatos electrónicos que para su existencia y funcionamiento dependen de la escritura, de la impresión y de tecnologías informáticas.
BIBLIOGRAFÍA
- McLUHAN, Marshal. La comprensión de los medios de comunicación como extensiones del hombre. Diana, México, 1969.
- McLUHAN, Marshal. La Galaxia Gutenberg. Universidad de Toronto, 1962.
- ONG, Walter. Oralidad y escritura. FCE, México, 1987.
La escritura consigna a la palabra en el espacio, extiende la potencialidad del lenguaje casi ilimitadamente, da una nueva estructura al pensamiento. La escritura hace que las “palabras” parezcan semejantes a las cosas porque concebimos las palabras como marcas visibles: podemos ver y tocar “palabras” inscritas en textos y libros.
Las palabras escritas constituyen remanentes. La tradición oral no posee este carácter de permanencia. Si una historia oral no se narra, lo único que existe de ella es el potencial interno que ciertos sujetos poseen de contarla, pero no una marca material de su existencia.
Aunque las palabras están fundadas en el habla oral, la escritura las encierra tiránicamente para siempre en un campo visual. Es decir, una persona que ha aprendido a leer no puede recuperar plenamente el sentido de lo que la palabra significa para la gente que sólo se comunica de manera oral. En las culturas orales la lengua es un modo de acción, algo dinámico, un suceso, y no sólo una contraseña del pensamiento. Consideran, por ejemplo, que los nombres confieren poder a las cosas.
En la oralidad es esencial la presencia de un interlocutor: es difícil hablar con uno mismo durante largas horas sin interrupción. En una cultura oral, el pensamiento sostenido está vinculado con la comunicación.
La oralidad debe y está destinada a producir la escritura. Casi no queda cultura oral o predominantemente oral en el mundo de hoy, que de algún modo no tenga conciencia del vasto conjunto de poderes a los que podría acceder mediante la escritura. Por otro lado, introducirse en el mundo de la escritura significa dejar atrás mucho de lo que es sugerente y profundamente amado en el mundo oral anterior.
En una cultura oral, una vez adquirido el conocimiento, debe repetirse constantemente o se pierde: los patrones de pensamiento formularios y fijos son esenciales para la sabiduría y una administración eficaz. Las culturas orales aprenden por medio del entrenamiento, por discipulado, escuchando, por repetición de lo que oyen, y no mediante el estudio tal como lo conocemos hoy en día. La escritura libera a la mente para el pensamiento más abstracto y original.
La escritura establece el lenguaje libre de contextos inmediatos, establece el discurso autónomo, pues el mismo se separa de su autor. Por ende, no hay manera de refutar un texto escrito de manera directa. Esta es una de las causas que lleva a considerar popularmente, que lo que “el libro dice” es sinónimo de verdad.
Platón, (¿427-347 a.C.) expresa severas reservas acerca de la escritura, opina que es una manera inhumana y mecánica de procesar el conocimiento, insensible a las dudas y destructora de la memoria. Sin embargo, el pensamiento filosófico que proclamaba Platón dependía de la escritura.
En esencia, las mismas objeciones comúnmente impugnadas hoy en día contra la tecnología informática -relacionada con la comunicación- fueron dirigidas por Platón siglos atrás contra la escritura:
1- según este autor, la escritura es inhumana al pretender establecer fuera del pensamiento lo que en realidad sólo puede existir dentro de él. Es un objeto, un producto manufacturado, no forma parte de la naturaleza de las cosas;
2- la escritura destruye la memoria. Los que la utilicen, según Platón, se harán olvidadizos al depender de un recurso exterior por lo que les falta en recursos internos. Por ende, la escritura debilita el pensamiento;
3- un texto escrito no produce respuestas;
4- la palabra escrita no puede defenderse como sí puede hacerlo la palabra oral: el habla y el pensamiento reales siempre existen esencialmente en un contexto de ida y vuelta entre personas. La escritura es pasiva, se ubica en un mundo irreal y artificial.
Con la aparición del sistema de impresión con letras móviles (imprenta), perfeccionado por Gutenberg y otros en el S. XV, y el impacto que produjo con respecto a la impresión masiva de libros, antes considerados artefactos de poder únicos, también se dividieron las posturas. Algunos opinaban que la abundancia de libros hacía menos estudiosos a los hombres, y otros, que era un buen nivelador que democratizaba el conocimiento, haciéndolo más accesible a todos. Por ende, contribuía con la sabiduría, pues la gente podía acceder al conocimiento más fácil y económicamente.
La escritura, la imprenta y la computadora son, todas ellas, formas de tecnologizar a la palabra. Pero de las tres tecnologías, la escritura es la más radical, pues inició lo que la imprenta y las computadoras sólo continúan: la reducción del sonido dinámico al espacio inmóvil, la separación de la palabra con respecto al presente vivo.
Las tecnologías no son sólo recursos externos al pensamiento, también pasan a formar parte del interior de la conciencia. La inteligencia es reflexiva, de manera que incluso los instrumentos externos llegan a interiorizarse, o sea, a formar parte de su propio proceso de pensamiento, produciendo transformaciones profundas a nivel cognitivo y en relación a la representación del mundo por parte del sujeto.
Los lenguajes informáticos se asemejan a lenguas humanas (inglés, francés, etc.) en ciertos aspectos, pero se diferencian cabalmente en que las lenguas humanas se originan en el subconsciente, y las computarizadas, se crean directamente en la conciencia. Las reglas del lenguaje de computadora ( su “gramática”) se formulan primero y se utilizan después. Las reglas gramaticales de los lenguajes humanos naturales sólo pueden ser formuladas a partir del uso.
Podría definirse la escritura como el sistema codificado de signos visibles por medio del cual un escritor puede determinar las palabras exactas que el lector generará a partir del texto. Traslada el habla del mundo oral y auditivo a un nuevo mundo sensorio, el de la vista, transforma el habla y también el pensamiento.
La primera grafía, o verdadera escritura, que conocemos apareció por primera vez entre los sumerios en Mesopotamia apenas alrededor del año 3.400 a.C. Una grafía es algo más que un simple recursos para ayudar a la memoria. Las muescas en las varas y otras ayudas para la memoria conducen hacia la escritura, pero no reestructuran el mundo vital humano como lo hace la verdadera escritura.
Al principio la escritura era considerada un instrumento de poder secreto y mágico. Sus signos eran herméticos. Posteriormente, los griegos crearon el primer alfabeto completo con vocales, el cual cumplió una función democratizadora, pues resultó fácil de aprender por todos.
Al poco tiempo de que surge la escritura, aparece el oficio de escribir. Los primeros instrumentos de escritura eran difíciles de manejar y sólo podían hacerlo los que poseían el arte de la escritura. El papel surgió en China en el siglo II a C. pero recién fue extendido por los árabes hasta Oriente Medio en el siglo VIII. En Europa se fabricó por primera vez en el siglo XII.
Uno de los grandes cambios en el pensamiento y en la forma de visualizar la realidad que produjo la escritura se relaciona con la noción de tiempo. Antes de la escritura y de la imprenta, la gente no se consideraba viviendo situada, en todo momento, dentro de un tiempo computado abstracto. Parece poco probable que la mayoría de las personas en Europa occidental del Medioevo o incluso del Renacimiento supiera habitualmente en qué año vivía. La mayoría no conocía su fecha de nacimiento.
Finalmente, en la actualidad pueden distinguirse dos estadios o niveles en la oralidad:
- oralidad primaria: la oralidad de una cultura que carece de todo conocimiento de la escritura y de la impresión;
- oralidad secundaria: la de la actual cultura de alta tecnología, en la cual se mantiene una nueva oralidad mediante el teléfono, la radio, la televisión y otros aparatos electrónicos que para su existencia y funcionamiento dependen de la escritura, de la impresión y de tecnologías informáticas.
BIBLIOGRAFÍA
- McLUHAN, Marshal. La comprensión de los medios de comunicación como extensiones del hombre. Diana, México, 1969.
- McLUHAN, Marshal. La Galaxia Gutenberg. Universidad de Toronto, 1962.
- ONG, Walter. Oralidad y escritura. FCE, México, 1987.
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